noviembre 28, 2007

Un estafador con estatua propia: Wilhelm Voigt

Un día como cualquier otro de 1906, un alemán llamado Wilhelm Voigt nacido en Tilsit en 1849, entró en una tienda de rezagos militares y, tras un intenso regateo con el vendedor, logró obtener un uniforme de capitán del ejército prusiano a cambio de una valiosa estampilla (que en realidad no valía nada). En otro negocio conseguiría las botas. Acto seguido, y con porte señorial y caminar altivo, aparece en las barracas de Köpenick y ordena a un sargento y cuatro granaderos que le acompañen. Estos, al ver a tan imponente capitán (que por cierto nunca antes habían visto), no cuestionan ni por un momento la orden y le siguen en su marcha.

Ignorantes del bizarro evento que ocurriría a continuación, los soldados se sorprenderían al comprobar que su viaje tenía como meta las oficinas del gobierno de la ciudad. Una vez allí, el "capitán” les ordena marcialmente que arresten a Rosenkranz, el secretario del gobernador, y a Georg Langerhans, el gobernador mismo, bajo los cargos de corrupción y desfalco del tesoro público. Los hombres, perplejos por semejante orden pero temerosos de tan rígido capitán, procedieron al arresto de los culpables”de tan grave crimen, nientras Voigh tomaba como “evidencia” 4000 marcos y 70 pfennigs. Tras el arresto le ordena a dos de los hombres permanecer realizando guardia en las oficinas, y al sargento y los otros dos granaderos a llevar a los “culpables” a Berlín para interrogación. Luego de dar las ordenes, nuestro “capitán” se dirige hacia la estación de tren y desaparece.

Pasarían meses para ser encarcelado, mientras gozaba de una vida despampanante en los burdeles prusianos. Todo indicaba que recibiría la pena máxima por su crimen, sin embargo su hazaña le ganó la admiración del pueblo que no dejaba de burlarse de las fuerzas del orden a causa de lo sucedido. Semanas antes de su condena los disturbios fueron tales que el mismo Káiser Wilhelm II vetó la condena y le otorgó el perdón. Voigt, ni siquiera tuvo que devolver el dinero y tanta fue la fama del suceso que incluso levantaron un monumento en su honor. Desde entonces, Voigt se convirtió en una atracción de feria que recorrió media Europa y parte de América contando la historia del “capitán de Kopenick”; ganó lo suficiente para retirarse y, además, fue inmortalizado en varias obras literarias.

noviembre 26, 2007

El hipo: épocas y curas

¿Qué es el hipo? Un castigo de Júpiter para los romanos; la señal de una mentira para la corte real del medioevo inglés; una bendición para ciertos pueblos asiáticos; para la medicina moderna: una irritación del diafragma que resulta en una rápida e involuntaria inhalación, la cual es frenada rápidamente al cerrarse la glotis produciendo ese agudo y distintivo sonido.

CURAS Y ÉPOCAS

1. Roma
Asustar: Un susto; los romanos fueron los de la idea de asustar a quien tenga hipo.
Dar vuelta a la persona: En la legión, según aclara Gibbon, uno de los primeros y más grandes historiadores modernos de Roma, estaba muy difundida la cura de dar vuelta a la persona, haciéndola colgar de sus piernas, hasta que se le fuese el hipo.
Taparse los oídos: Taparse o frotarse los oídos es una cura popular para el hipo -esto puede llegar a funcionar y ser muy eficiente por cierto-, ya que si se tiene suerte se terminará estimulando el nervio neumogástrico, o vago, el cual inerva en la faringe, y así indirectamente finalizar los espasmos.
Gárgaras: También puede llegar a funcionar ya que, con suerte, terminarán interrumpiendo el ciclo y relajando los nervios involucrados.

2. Medioevo
La manzana: En Francia, morder una manzana hasta que se vaya el hipo era una cura muy popular -por supuesto que el hipo terminaba “yéndose” naturalmente, pero se creía que lo había curado la manzana-.
Legumbres: Comer lentamente una legumbre era visto como algo útil para frenar el hipo.
La lengua: En Escandinavia existía la difundida la idea sobre estirar la lengua de una persona para sacarle el hipo, por lo que era normal que un familiar o amigo de la persona le tomase la lengua e intentara estirarla. Hoy en día sigue siendo utilizado este método en dicha región.
Un pájaro: En algunas regiones de Italia se creía que si se ponía un pájaro en la boca de la persona y el ave cantaba el hipo se iría. No hace falta decir que no servía para nada.
No respirar: Aguantar la respiración era, y es, una cura extremadamente popular por toda Europa y el mundo.
Mirar fijo: Otra creencia difundida era la de mirar fijo a otra persona durante un minuto. Si esto se hacía sin interrupciones el hipo se iba.
3. Era Victoriana
Azúcar: Era muy normal la creencia sobre los poderes curativos del azúcar, por lo cual siempre se le ofrecía azúcar a una persona con hipo. Muchos niños fingían tener hipo justamente por esto. Hoy en día se sigue utilizando este método en el Reino Unido; puede llegar a funcionar si coloca la cucharada bajo la lengua.
Estornudar: Otra cura muy difundida era la de respirar pimienta, provocando así un fuerte e involuntario estornudo en la persona para así sacar el hipo. Esto era un arma de doble filo, ya que si llegase a ser aspirada la pimienta, podría terminar irritando la zona y empeorar la situación.
Palmadas: Si bien las palmadas en la espalda fueron muy populares para calmar el hipo, fue en la Era Victoriana en la que que se recomendaba como una “solución profesional”.
Berro: Era muy normal que la boca fuese llenada con berro ante un ataque de hipo, ya que se sobrevaloraban las aptitudes curativas de éste vegetal.
Vinagre: Tomar una cucharada de vinagre inmediatamente luego del sonido producido por el hipo era una de las curas más populares en Escocia.

Una curiosidad al final: Según el libro de récords Guinness, el mayor ataque de hipo de la historia duró 69 años y 5 meses. Charles Osbourne (1894-1991) comenzó a tener hipo una mañana de 1920 con una espeluznante frecuencia de un segundo y medio entre espasmos. Así de repentino como llegó se fue otra mañana… pero de 1990. Charles murió un año después.

noviembre 21, 2007

Sincronías

Carl Gustav Jung reparó en un tipo de casos conectados de forma tan significativa que el azar representaba un grado de improbabilidad demasiado alto. El psicólogo pensó que estaban conectados por un principio que denominó “sincronicidad” y que, por definirlo de forma concisa, sería “la concurrencia no casual de un suceso psíquico y otro físico, que desafía la ley de la probabilidad y tiene sentido”.

En una ocasión, Jung estaba tratando a una joven que le contaba el haber soñado con un escarabajo dorado. De pronto escuchó un ruido en la ventana, a sus espaldas. “Me levanté - escribe él mismo -, abrí la ventana y cogí al vuelo, en el momento en que entraba en la habitación, un insecto que era lo más semejante a un escarabajo dorado que pudiera hallarse en nuestras latitudes”. ¿Qué había llevado al insecto a meterse en una habitación oscura justo en esos momentos?. El hecho de que el escarabajo sea, en culturas como la egipcia, un símbolo de renacimiento y que a partir de ese día la joven mejorara de su dolencia, hizo pensar al psicólogo que el insecto había aparecido como un mensaje arquetípico surgido del inconsciente: una señal para indicar que al fin ella podía iniciar el proceso de transformación buscado. Ello le llevó a pensar que esta clase de sincronía provenía de algún mecanismo desconocido. Aunque, por otra parte, acabó razonando que, cuando los hechos fortuitos parecen tener un significado simbólico, dejan de ser coincidencias para la persona interesada, ya que la psique puede estar actuando sobre la realidad externa para causarlos. Una explicación que, por cierto, nos sitúa ante el enigma que plantean las extrañas y desconocidas relaciones entre la mente y el mundo llamado “objetivo”.

El hombre occidental, acostumbrado a verter su mente en cosas concretas, rechaza de antemano esta sensación, tan contraria a la estructura de la lógica de su pensamiento, y se refugia en la comodidad de negar sentido alguno a las casualidades. Los chinos, por el contrario, consideran que éste es “el mundo de las 10.000 cosas”, de modo que un suceso cualquiera no puede explicarse sino por una multiplicidad de armonías y desarmonías simultáneas, y no por una simple relación de causa-efecto. En su visión de la naturaleza como un todo orgánico no existen fronteras entre el microcosmos y el macrocosmos, entre el ser humano y el universo en que se desarrolla su vida. La conexión entre dos acontecimientos no es para ellos de causa a efecto, sino de homología entre dos fenómenos que ocurran en el mismo instante. ¿Estoy triste porque el cielo esta nublado, o está nublado el cielo porque estoy triste?Para la visión clásica china del mundo, expresada en el taoísmo, ambas preguntas carecen de sentido.
Si queremos entender el concepto junguiano de sincronicidad -directamente inspirado en el taoísmo-, hemos de imbuirnos en esa peculiar sensación que despierta, por ejemplo, la pintura china, donde paisaje y estado de ánimo forman un todo indisoluble, o reflexionar sobre la hipótesis Gaia: la Tierra sería un ser vivo del que formamos parte, y no un simple mecanismo de relojería, como sostiene ese planteamiento dieciochesco y “racional” que todavía predomina en occidente. Si el espacio y el tiempo son percepciones subjetivas, y la realidad es otra cosa -hipótesis de trabajo que plantea Jung-, es posible suponer que esa percepción espacio-temporal pueda estar condicionada por la psique. De modo que cuando una imagen llega a la consciencia coincidiendo con un fenómeno “exterior”, la psique percibe un significado de esa yuxtaposición de acontecimientos. Pero, ¿existe también un significado “fuera” de la psique? Jung ha sido el único científico del siglo XX que se ha atrevido a formular una pregunta de tal calibre.

¿Quién mueve los hilos de las casualidades al otro lado del escenario? Ante el lector dejo la tarea de reflexionar sobre si unas y otras coincidencias son proyecciones de nuestra mente o la manifestación de un principio no casual invisible y secreto que rige nuestro destino y el de todos los seres, poniendo orden en el caos aparente de nuestras vidas, o determinando, sin que nos percatemos, algunas decisiones cruciales que pensamos son el resultado de nuestra libre elección o del azar. Desde ahora, cuando Ud. vaya a decir: ¿Qué casualidad, no? píenselo dos veces, pues puede ser que no lo sea.

UN BREVE TEST: ¿Le ha ocurrido a usted?
Reproducido del libro Conectar con el fluir de la vida, de Charlene Belitz y Meg Lundstrom, Ed. EDAF

Alguna vez…
Cuente el número de preguntas que responda afirmativamente:

1) Llegaba tarde a alguna parte, pero todos los semáforos se han ido poniendo verde a su paso.
2) Pensaba llamar por teléfono a alguien y esa persona le ha llamado antes.
3) Necesitaba dinero y éste ha aparecido como por arte de magia: lotería, herencia, préstamo, trabajo…
4) Ha encontrado aparcamiento a la primera en la calle más ajetreada de la ciudad un sábado por la noche.
5) Descubrió de pronto información que necesitabadesesperadamente.
6) Vio a un amigo en un sitio totalmente inusual.
7) Halló un objeto perdido de forma inesperada.
8) Experimentó una serie de coincidencias que parecían llevarle a un lugar en particular.
9) Estuvo en el momento adecuado para rescatar a alguien o ha sido rescatado por casualidad.
10) Se enfrentó con una dificultad para luego descubrir que era positiva para usted.1
11) Pensó en una pregunta y recibió la respuesta justa.en la radio, la televisión, un cartel publicitario o la conversación con otras personas.
12) Descubrió que una coincidencia confirmaba la direcciónen la que iba.

Solución:
00-04: Aún no se ha abierto a la magia de la sincronicidad.
05-08: Ha empezado a notar que ahí afuera pasa algo interesante.
09-10: Sigue los signos y presta atención a su entorno.
11-12: Está preparado para enseñar a otros cómo entrar en el flujo de la vida y percibir las coincidencias.

noviembre 20, 2007

Coincidencias y rarezas: El caso del Titanic

LA HISTORIA

El hundimiento en 1912 del trasatlántico más grande jamás construido por el hombre ha sido considerado como una de las catástrofes que, sin lugar a dudas, marcó a la sociedad del siglo XX. Sin embargo, son generalmente desconocidas la serie de extrañas circunstancias que rodearon una tragedia sin precedentes. La acumulación de misteriosas coincidencias, el insólito comportamiento de algunos pasajeros y lo absurdo de su hundimiento, han servido para rodear la leyenda del Titanic de una aureola de misterio, que aún lo envuelve.

Tras años de dura competencia, la compañía naviera White Star Line lograba colocarse por delante de su directa rival, la Cunard, contando en su flota con los barcos más modernos del mundo, que aunaban lujo, vanguardia, tecnología y seguridad. La obsesión de su dueño, el financiero multimillonario J. P. Morgan, por fin se hacía realidad: cubrir la travesía Southampton-Nueva York en siete días. Para ello disponía de tres maravillas flotantes: el Olimpic, el Britania y el Titanic.Al igual que sus hermanos, este último fue construido en los astilleros de Belfast, en las costas irlandesas. Era el barco más grande del mundo, concebido para atravesar las vastas planicies oceánicas con el máximo confort, y sólo apto para las clases pudientes de la época, que pagaron enormes sumas de dinero por viajar en aquel buque supuestamente insumergible.

El 10 de abril de 1912, el Titanic zarpaba de los muelles de Southampton con 2,227 pasajeros a bordo, ante la admiración de una muchedumbre de curiosos que contemplaban atónitos como aquella mole de acero se alejaba majestuosamente del puerto. Al poco de partir, la tragedia daría su primer aviso: un barco sin rumbo aparente estuvo a punto de colisionar con el Titanic. Un pequeño sobresalto que enseguida fue olvidado, pues se estaba a bordo de un coloso insumergible.


El veterano capitán Edward Smith estaba eufórico. Sobre él había recaído el privilegio de realizar su última travesía comandando el buque más grandioso del planeta. Era el premio a sus veinticinco años de servicio en la White Star sin sufrir percance alguno. Nada hacía presagiar que aquel viaje fuera a enturbiar tan magnífica trayectoria profesional. Además, por si su experiencia no constituía de por sí suficiente garantía, contaba con una tripulación de jóvenes y capacitados oficiales, entre los que destacaba por méritos propios el primer oficial William M. Murdoch, un eficiente marino de tan solo 27 años, al que el destino había reservado el papel de fatídico protagonista en la trágica historia.

Llevaban cinco días de apacible viaje. Entre los incidentes apenas dignos de mención figuraba la incomprensible desaparición de los prismáticos que alguien sustrajo de la cruceta de vigilancia, para desesperación del joven Reginald Lee. Por su parte, John George Phillips, el radiotelegrafista, atendía con evidente desgana los avisos de peligro que con frecuencia enviaban los barcos que navegaban por la zona; a pocas millas de donde se encontraban se había detectado un inmenso banco de hielo del que se desprendían numerosos icebergs, algunos de los cuales se hallaba en la ruta que estaba siguiendo el Titanic. Tal vez por un exceso de confianza en la resistencia del buque, la tripulación hizo caso omiso de tales mensajes, manteniendo el rumbo sin reducir la velocidad, entre los 22 y 24 nudos. Y así siguieron, pese a la persistencia de los inquietantes comunicados. El último de ellos lo envió el California y Phillips, harto de tanta insistencia, contestó desairadamente: "Calla, calla. Tengo mucho trabajo". Como una confirmación de que los telegramas enviados eran innecesariamente alarmistas, el cielo se despejó con la llegada de la noche y una cantidad de estrellas llenó de reflejos la superficie del agua, insólitamente tranquila.

Poco antes de medianoche, la sombra de una inmensa masa de hielo interrumpió la rutinaria guardia de los vigías. Cuando fue visto, el iceberg se dirigía irremisiblemente contra la proa de la nave y ya se encontraba a poco más de 500 metros. Era demasiado tarde. En el puente de mando, ante la ausencia del capitán Smith, el primer oficial Murdoch ordenó parar las máquinas e iniciar la maniobra de retroceso, una decisión sospechosamente descabellada para un barco de semejante tonelaje. El impacto no se hizo esperar y con un fuerte fragor de metal desgarrado, el iceberg abrió una brecha en el casco del Titanic, permitiendo la entrada de 450 toneladas de agua por minuto. Murdoch, consciente de la tragedia que había desencadenado, se quitó la vida con un tiro en la sien. Cuando el capitán Smith fue informado de la gravedad de la situación ordenó inmediatamente enviar el mensaje de socorro C.Q.D. a los barcos que se encontraban cercanos al lugar. Al no obtener respuesta alguna, el segundo telegrafista, Harold Bride, decidió poner en práctica la nueva señal S.O.S. (Save Our Souls, "salvad nuestras almas") para ver si por fin hallaban respuesta a su dramática petición de ayuda. Fue la primera vez en la historia naviera que se empleó esta llamada de socorro, y también la última para el Titanic. los buques que captaron el S.O.S. se desplazaron al punto exacto desde el que éste fue emitido, mientras que el Titanic, al seguir su recorrido, se encontraba ya a 25 kilómetros de allí.El constructor del barco, Thomas Andrews, avisó raudamente al capitán de la terrible situación; el daño era irreparable y el barco se iba a pique. El viejo lobo de mar, sorprendido y confuso, sólo pudo decir: "Pero si no puede hundirse, si es insumergible".Los veinte botes de salvamento fueron arriados, pero la mayoría partieron prácticamente vacíos. Los pasajeros consideraron permanecer a bordo de una nave seriamente dañada, pero al fin y al cabo "insumergible", que embarcarse en los frágiles salvavidas. El Titanic se hundió completamente a las dos horas y cuarenta minutos de haber colisionado con el bloque de hielo, a 600 millas de Terranova, llevando consigo las vidas de 1,622 personas que se precipitaron a las frías profundidades del océano.

En los últimos instantes el destino quiso ser benévolo y la quilla del barco, que hasta ese momento permanecía completamente vertical al agua, realizó un giro de 180°, evitando así que los supervivientes, en los botes de salvamento, contemplaran el dantesco espectáculo que se avecinaba. Cientos de desgraciados permanecían en la parte más salientes del Titanic a la espera de ser precipitados a las profundas fosas abísmales. Con su horrible muerte se consumó una maldición que ha dejado multitud de preguntas sin respuesta; un misterio que permanece vivo, a casi 4,000 metros de profundidad.

Pese a todo, el Carpathia, curiosamente el buque insignia de la compañía rival, la Cunard, localizó la situación del accidentado y acudió a socorrerle. Demasiado tarde para muchos, entre ellos los músicos del Titanic, que hasta el momento en que se inició el viaje habían actuado como la mejor banda de todas las rutas oceánicas bajo la batuta de Henry Hartley, precisamente en el citado Carpathia. Ninguno pudo ser salvado por su antigua embarcación.

El estibador de carga y descarga Frank Pretit declaró, en el juicio que siguió al hundimiento, que él había estado cargando material dinerario, gran cantidad de lingotes de oro y plata, en los amplios departamentos estancos del Titanic. El Banco de Inglaterra selló por espacio de cien años los registros de dichos transportes reconvertibles en valor de cambio, caso del oro y la plata. Por consiguiente, hasta el año 2010 no se sabrá la naturaleza del cargamento. La hipótesis que circuló con más fuerza en torno a este asunto, era que tal cantidad de metales preciosos correspondían al pago de armamento que Inglaterra hacía a los Estados Unidos de América.

Los medios de comunicación de todo el mundo se hicieron eco de la sensacional noticia: el barco más grande jamás construido, el insumergible Titanic, yacía a casi cuatro mil metros de profundidad.



Muchos son los enigmas que rodean este desastre. Podría decirse que estuvo marcado por el infortunio incluso antes de ser construido, como si su nombre aparejase una maldición presentida por muchos, en algún caso con una precisión pasmosa.


1. Presentimientos y advertencias

El afamado periodista William Thomas Stead fue uno de los que previó el naufragio del Titanic con meridiana claridad. De hecho, en uno de sus escritos de 1892, veinte años antes del suceso, describió la colisión de un gran buque con un témpano de hielo. En la desesperación del hundimiento, los tripulantes del mismo fueron socorridos por el Majestic, un barco que realmente existía por aquellos días, y que surcaba los mares capitaneado, por aquellas casualidades de la vida, por Edward Smith, el primer y último capitán del Titanic. Stead falleció en el hundimiento del Titanic. Su intuición no pareció evitar que su nombre apareciese en la lista de finados.

Aunque algunas de las cancelaciones de billetes son explicables por diversas causas, el factor premonitor no conviene ser desechado en otras. Llevados por un impulso irracional, varios pasajeros anularon su reserva pocos días antes de la partida; otros se negaron a embarcar en el último momento, pese a lo costoso de los pasajes. Resulta increíble, por ejemplo, que el propio dueño de la naviera White Star, J. P. Morgan, que acostumbraba a viajar en todas y cada una de las travesías inaugurales de sus barcos, se negara rotundamente y sin razón aparente a embarcar en el primer trayecto del mejor barco del momento.

Otro caso que no deja de ser inquietante es el de lord Gird, el máximo mandatario de la Harland & Wolff, empresa constructora de grandes buques de cuyos astilleros en Belfast había salido el Titanic. Al igual que Morgan, también se negó a partir en la mayor obra de su vida profesional, cuando usualmente solía hacerlo en los botes que construía.

Pero quizás el suceso más llamativo lo protagonizó el acaudalado matrimonio Wanderbrigth. El mayordomo y el ama de llaves que les acompañaban habían llegado antes a los camarotes de primera clase con el propósito de acondicionar el elevado número de maletas y baúles que sus señores portaban. Sin embargo, diez minutos antes de que el barco zarpara decidieron renunciar a sus billetes, abandonando equipaje y sirvientes sin dar explicación alguna ni avisar a estos últimos de la incomprensible decisión que habían tomado, de forma tan inesperada como emocionalmente imperiosa.

2. El libro

Morgan Robertson escribió en 1898 la novela trágica Futility, relatando la fatídica historia del Titán, un transatlántico majestuoso que se hunde en el Atlántico el mismo día de su inauguración: una noche de abril. El apellido del capitán: Smith. En el libro se relataba la epopeya que debían sufrir los pasajeros del navío cuando éste, pensado imposible de hundir, choca contra un iceberg provocándole una gran abertura en uno de sus costados. Posteriormente, según el libro, gran cantidad de los pasajeros mueren a causa de la escasez de botes salvavidas. Ya publicada la novela, aquel mismo año 1898, Robertson vendió los derechos por la irrisoria suma de 100 dólares.

Catorce años después, el Titanic naufragó en idénticas circunstancias a las escritas por Robertson, cuyo ficticio buque poseía numerosas características parecidas a las del Titanic: tenían aproximadamente el mismo tonelaje. El número de hélices que llevaba cada barco coincidía: tres en total. El Titanic desplazaba 66,000 toneladas frente a las 70,000 del Titán. El primero medía 882 pies, mientras que el protagonista de la novela 800. La diferencia entre el número de pasajeros también resultaba inapreciable: 2,227 en el Titanic y 2,177 en el Titán. La eslora del barco de la novela era de 243 metros; algo inferior a la real del Titanic que era de 268 metros (solo 25 metros de diferencia). Pero las coincidencias no finalizaban aquí. La velocidad de crucero de ambos era de 24-25 nudos. En su viaje inaugural, el Titán también zarpaba de Southamptom, un día del mes de abril y se hundía a 400 millas de Terranova (200 millas menos que el auténtico) a los cinco días, tras colisionar con un iceberg, tal y como le ocurriera al Titanic. Para finalizar con este misterioso cúmulo de coincidencias, el número de supervivientes variaba en tan sólo cien personas.

3. Otros sucesos posteriores

En 1935, William Reeves -quien nació el mismo día que desapareció el Titanic- hacía guardia en el barco Titanian. Atacado por un presentimiento, ordenó detener el barco cuando llegaron al mismo lugar donde se habían hundido los otros dos; gracias a ello no fueron arrollados por un iceberg.

noviembre 19, 2007

El origen del nombre de los meses del año

Originalmente el calendario romano solo tenía nueve meses, posteriormente diez y estos, salvo algunas excepciones, eran nombrados según su orden numérico. De aquí que el último mes del año, a pesar de ser el mes número 12, se llame Diciembre -de decembris, el décimo mes-.

Enero – IANVARIVS: Este mes tiene más significado en el lenguaje germánico donde empieza con “Jan”. Toma su nombre del dios bicéfalo Janus. Este era el dios de las puertas, portones, principios y finales -razón por la cual se lo ve representado en tantas puertas-. Como enero es el mes que abre el año se le honró a dicho dios nombrando al mes como él.
Febrero - FEBRVUARIVS: Proviene del latín februare, la cual nace de februo, que significa limpiarse. Este mes fue nombrado de esta manera ya que en febrero los romanos realizaban ciertos ritos religiosos, dedicados a Plutón, que tenían la finalidad de conseguir pureza.
Marzo - MARTIVS: Era el primer mes del calendario romano antiguo y era nombrado en honor a Marte, el dios de la guerra. En este mes se planeaban todas las campañas militares que tendrían lugar tras el transcurso del año.
Abril - APRILIS: Proviene de aperio, que significa abrir. Se dió este nombre a dicho mes ya que en abril es cuando las plantas comienzan a florecer -ubicándonos en la geografía italiana-. Si bien un gran número de estudiosos señala que también puede estar tomada la referencia de los griegos, quienes lo dedicaban a la diosa Afrodita.
Mayo - MAIVS: Proviene de la diosa Maia, una de las más ancianas de Roma, que también era la diosa de la primavera. Los sacrificios a Maia, madre Tierra, se ofrecían el primero de mayo.
Junio - IVNONIVS: Nombrado en honor a a la diosa Juno, deidad del matrimonio y una de las más poderosas figuras del Olimpo.
Julio - QUINTILIS y luejo IVLIVS: Conocido en primera instancia como quintilis, debido a que este era el quinto mes. Luego ya con el calendario juliano fue renombrado en honor a Julio César por ser éste el mes de su nacimiento. Julius y augustus no fueron aceptados rápidamente entre la población. Esto se puede notar en varios escritos medievales donde quintilis y sextilis eran aún utilizados.
Agosto - SEXTILIS y luego AVGVSTVS: Similar con quintilis, este mes tenía un sentido numérico, sextilis el sexto mes, pero fue luego renombrado como augustus en honor a un emperador. El mes originalmente tenía 30 días pero fue aumentado a 31 para “no ser menos” que Julio.
Septiembre - SEPTEMBRI: Semptembris proviene de septem, siete. Esto es porque contando desde marzo, mes que iniciaba el año para los romanos, septiembre caía en el séptimo lugar entre los meses.
Octubre - OCTOBRI: Otro de los meses que tuvo su origen numérico. Octo, ocho en latín.
Noviembre - NOVEMBRIS: De novem, nueve en latín.
Diciembre - DECEMBRIS: De decem, diez en Latín.

noviembre 16, 2007

El “piercing” en la antigüedad

Los faraones.
En Egipto se utilizaban aros y pendientes desde la más temprana época. Sin embargo, algunos lugares del cuerpo estaban restringidos para el piercing según el status social. Por ejemplo, el ombligo solo podía ser perforado si se era un faraón, y quien se atreviese a perforarlo sin serlo era ejecutado.

Los centuriones y generales.
Los centuriones solían perforarse las tetillas y colocarse pequeños aros. Esto era considerado un símbolo de virilidad y hombría. Varios personajes importantes de la historia romana, por ejemplo Julio César, parecen haber poseído estas decoraciones.

Los gladiadores.
Los gladiadores solían perforar la cabeza de su pene y colocarse un pequeño aro. Esto permitía que el pene fuese sujetado fuertemente al cuerpo con una cuerda, y disminuir aspí el riesgo de "accidentes" en las contiendas.

Marineros y piratas.
Hoy en día está popularizada la imagen del marinero o del pirata llevando un gran aro de oro, generalmente en su oreja derecha. Esto no tenía nada que ver con la moda de la época, sino que hacía motivo a una antigua costumbre. La tradición indicaba que todo el que encontrara el cadáver de un hombre de mar podría quedarse con el aro de oro sólo si le daba sepultura cristiana al cuerpo hallado. De lo contrario, si la persona se quedaba con el aro sin haber enterrado el cuerpo, el espíritu del infortunado navegante lo atormentaría por el resto de su vida.

noviembre 15, 2007

Gracias

Gracias a quienes visitan este blog; su periódico leer de mis líneas motiva el seguir escribiendo y el deseo de compartir hechos, cosas y datos.
Gracias especiales a mi amiga Carmen González Huguet, quien reseñó este espacio en: http://es.shvoong.com/internet-and-technologies/blog/1694478-http-merodeoseinquisiciones-blogspot-com/ . Gracias también a Jacinta Escudos por recomendar este espacio en su blog http://filmica.com/jacintaescudos/
Como siempre, son todos bienvenidos y pueden traer consigo a muchas personas más; esta es su casa y pueden pasearse por donde quieran: encontrarán sorpresas en todas las habitaciones.